Cuando duermo a Olivia tarareo el himno
Edgar Martínez
21,5×28 cm
Esta pieza, posiblemente «libro de artista», representa un viaje simbólico por la memoria, propone un diálogo personal sobre hechos traumáticos que durante años he hecho el esfuerzo de ignorar y borrar, en contraposición con nuevos elementos y hechos simbólicos de mi rol presente: ser padre. Con el fin de reinterpretar la historia propia y generar una acción para sanar(me), busco identificar en esta memoria herramientas con fines productivos y no autodestructivos. A través de una narrativa visual encriptada (y censurada a completa voluntad), la transmisión de los sentimientos se centra en la ansiedad de la presión, en la expresión, tal vez plástica, como elemento sensorial para dar a entender emociones. No pretende explicar ni describir la realidad de los hechos aquí ocultos sino articularlos en un plano abstracto.
Durante el proceso, nuevos planos de reflexión y relación surgen de la unión de estos elementos visuales, detonando nuevos cuestionamientos una vez asumida y aceptada esta memoria: la fragilidad de lo que consideramos “espacios seguros” e inquebrantables, lo muy vulnerables que somos incluso dentro de nuestras propias familias donde el desconfiar de ella parece ser un concepto errado. Ahora me pregunto, dada mi propia experiencia e historia personal, ¿soy yo un espacio seguro para mi propia hija? Si desconfío de mí mismo ¿qué puedo esperar de alguien más?
Cuando duermo a Olivia tarareo el himno- Edgar Martínez
Cuando duermo a Olivia tarareo el himno
Edgar Martínez
21,5×28 cm
Esta pieza, posiblemente «libro de artista», representa un viaje simbólico por la memoria, propone un diálogo personal sobre hechos traumáticos que durante años he hecho el esfuerzo de ignorar y borrar, en contraposición con nuevos elementos y hechos simbólicos de mi rol presente: ser padre. Con el fin de reinterpretar la historia propia y generar una acción para sanar(me), busco identificar en esta memoria herramientas con fines productivos y no autodestructivos. A través de una narrativa visual encriptada (y censurada a completa voluntad), la transmisión de los sentimientos se centra en la ansiedad de la presión, en la expresión, tal vez plástica, como elemento sensorial para dar a entender emociones. No pretende explicar ni describir la realidad de los hechos aquí ocultos sino articularlos en un plano abstracto.
Durante el proceso, nuevos planos de reflexión y relación surgen de la unión de estos elementos visuales, detonando nuevos cuestionamientos una vez asumida y aceptada esta memoria: la fragilidad de lo que consideramos “espacios seguros” e inquebrantables, lo muy vulnerables que somos incluso dentro de nuestras propias familias donde el desconfiar de ella parece ser un concepto errado. Ahora me pregunto, dada mi propia experiencia e historia personal, ¿soy yo un espacio seguro para mi propia hija? Si desconfío de mí mismo ¿qué puedo esperar de alguien más?

